El otro campeón del mundo

Ha finalizado hace unos días el campeonato mundial de futbol y todavía andan de celebraciones - merecidas, eso no lo pongo en duda- nuestros vecinos franceses. El fútbol, el mundial, como los torneos medievales, reúne a los mejores jugadores de cada país, y, dando patadas a un balón, defienden mucho más que una portería: el orgullo y el patriotismo salen a relucir en cada encuentro.

Y después de numerosos enfrentamientos lógicamente debe quedar un único vencedor: el campeón.

Pero a veces se dan circunstancias, fuera de lo puramente deportivo, que hacen que merezca la pena  que otro equipo, al margen del brillante campeón, sea destacado. Como es este caso. Y precisamente este caso, excepcional, al menos para mí,- ustedes juzgaran ahora- lo protagoniza el equipo del otro país que disputó la final del campeonato: Croacia.

Este joven país – se separó de la antigua Yugoslavia en 1991- tiene poco más de veinticinco años de antigüedad y una población de poco más de cuatro millones de habitantes. Pero como en el deporte se dan estas cosas – menos mal- , por su tesón, por su empuje, por su coraje, ha conseguido metas muy superiores que selecciones de países como, por citar un ejemplo muy cercano, el nuestro, con más de diez veces el número de habitantes por detenernos solo en comparar el dato demográfico.  

Resulta, que este equipo, como he dicho antes, ha quedado en segundo lugar, después de disputar la final a Francia – 67 millones de habitantes-, lo que ha supuesto un momento extraordinario en la corta historia de este país. ¿Es esto lo excepcional a lo que me quiero referir? No. Es mucho más importante que lo meramente deportivo. Después de conseguir una gesta de estas proporciones lógicamente la euforia en el país era de esperar, la de todos y cada uno de sus habitantes, incluidos, como no, todos los estamentos oficiales donde no podían faltar los políticos. Y ahí aparece el entrenador del equipo, el señor  Zlatko Dalic, quien en un claro, directo y durísimo comunicado les viene a decir a sus políticos que no son bienvenidos en el vestuario de la selección. No quiere que vistan la camiseta ni usen el vestuario para su promoción. Los culpa de la miseria que viven los mayores, de los niños que se van muchos días con hambre a la cama. Y no dejando su postura solo en palabras, de acuerdo con toda la plantilla y su cuerpo técnico, donarán les 23 millones de euros ganados por haber alcanzado ese segundo premio a una fundación para niños croatas.

Esa sí ha sido una verdadera goleada.

No voy a extenderme más. Que cada cual saque sus conclusiones.


Para mí, campeones del mundo.

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