La soledad

El sonido del violín se cuela una vez más por la rendija de la ventana. Una música pausada, melancólica, bellísima, y a la vez inquietante. A ella le traen recuerdos de un pasado, que aunque pasado, lo tiene siempre presente, como si pudiese jugar con el tiempo a su antojo. Como juega el vecino del cuarto con cada nota que exprime de su viejo violín.

En momentos como el de ahora no le importaría que se detuviese el mundo, la vida, su propio pulso y dejarse llevar solamente por la música que la va envolviendo hasta hacerla llorar, o sonreír, o incluso reír, según el momento. A veces abre la ventana y deja entrar el aire fresco y la luz de la mañana. Pero solo a veces. Casi siempre prefiera la tranquilidad y la penumbra que le transporta a su paraíso de libertad. Ella lo quiere así. Entonces pide por favor que la música no se detenga. Si lo hace podría morir, cómo si le faltase el oxígeno para respirar.

No, no está loca, sencillamente está…sola.

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