Plaza de la Merced : la añoranza de Picasso

Una plaza es generalmente un lugar común en cualquier ciudad, en cualquier pueblo. Un espacio de esparcimiento, de ocio, hasta de contemplación. Málaga cuenta con una de esas plazas atemporales, oníricas y, en otro tiempo, casi simétrica. Es la plaza de la Merced. Un lugar idóneo para sentarse a observar la gente que pasea, imaginando a aquellos otros que la contemplaron en otros tiempos como seres etéreos que nunca abandonaron aquel singular espacio. Risas, carreras, alboroto y bisbiseos de enamorados entre susurros y apretones de anhelantes manos. Los mismos árboles, los mismos gastados bancos…las mismas revoltosas y alegres palomas. Y allí está él, como guardián omnipresente de todo lo que se mueve ahora y  en todos los tiempos: Pablo Picasso. Sentado delante de su casa, erguido, inalterable al paso del tiempo. Se pueden oír las voces de su madre llamando al niño. Es la hora de comer. Pablo, ensimismado, como ausente, no oye la llamada que se pierde entre el murmullo de las hojas y el aleteo de las aves. Pablo imaginando trazos de colores que se desprenden del cielo que no es azul ,que es terrenal y que el imagina de mil tonalidades. Atrapándolos en su mente, devolviéndolos más tarde a un lienzo a través de su mágica paleta. En aquel tiempo y para todos los tiempos.

Los anónimos visitantes de hoy le rodean, o toman asiento junto a él, con la familiaridad del ser querido. Y toman fotos. Desean guardar un recuerdo de aquella plaza y de su añorante guardián.

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