Televisión HD

Me asomé a mi ventana y vi un paisaje sin color. La gente caminaba reflexiva y un tanto seria, cada uno encerrado en sus pensamientos.

Los jóvenes no eran tan jóvenes y ellos también caminan circunspectos, con un gesto dibujado impropio de su edad. El tráfico, ruidoso e intenso, no permitía disfrutar de la vida cotidiana de la calle. Los carteles luminosos apenas si reflejaban luz y las vallas publicitarias no tenían anuncios originales y alegres.

No se veían niños por ninguna parte, ni sus ruidosos monopatines. Los árboles situados justo debajo de mi ventana no albergan ni un triste nido del más común de los pájaros. Mi  mirada se confundía entre tanta desilusión.

Me di media vuelta y cerré la ventana. Me acerqué de nuevo a mi cómodo sofá y me deje caer, más que sentarme, y continué mirando la televisión. Después de unos minutos, abstraído, me concentro en las imágenes que emitía mi televisión de última generación, de alta definición por supuesto, de 56 pulgadas.

Tuve que tirar a un contenedor una vieja estantería repleta de otros tantos viejos libros. No había espacio para ambas cosas. Ganó la televisión. Donde va a parar.

Ahí estaba la gente, sonriente y feliz,  atravesando una calle llena de coches de increíbles colores.  Unos niños sorteaban todo tipo de obstáculos y daban saltos con sus monopatines mientras unas chicas reían felices mostrando unas dentaduras perfectas y níveas. Unos pájaros, en pequeñas bandadas revoloteaban a lo largo de la calle, haciendo cabriolas infinitas, sin rozar ni tan siquiera ninguno de los cientos de obstáculos que se les plantaban por delante en su alocado aletear. Dando un toque de naturaleza en el mismo centro de la ciudad. Colores preciosos que se salen de la pantalla. Sonrisas inagotables que transitan por el salón de mi casa. Vida luminosa en alta definición.

Pero todo es  mentira. Bajé con urgencia a la calle. Quizás tendría suerte y recuperaría al menos parte de los libros y de la estantería que tiré hacía unas horas. ¡Qué suerte! Allí estaban todos los libros. Ni uno faltaba. La estantería, curiosamente, sí había desaparecido.  Recogí todo como pude y dejé en la basura el flamante televisor.

Nada más llegar a casa, llevado por los remordimientos, comencé a ojear uno por uno todos mis queridos libros. Era mi manera de pedirles perdón.

Me asomé  a la ventana y dejándome caer de nuevo en el sillón no pude evitar dibujar una sonrisa en mis labios: en menos de diez minutos el televisor había desaparecido.

Continuaría su viaje y llenaría otro salón de coloridas mentiras.

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